Hasta antes del día del lanzamiento del iPad, las ventas mundiales de netbooks se habían hundido con una fuerza sólo comparable a la del ascenso de sus pedidos en el 2009. Entre el 2008 y el año pasado, las ventas de mini portátiles aumentaron por encima de un 800%. En el primer trimestre de este año, sólo han incrementado en un 30%. La causa: el iPad.
El tablet en el que finalmente se personificó el regreso de Apple al mercado de los adictos al “último dispositivo”, ha sido tildado por los responsables de su desarrollo y de la mercadotecnia de su lanzamiento como un ítem llamado a revolucionar la manera en que se consumen los textos y los medios.
Una presunción basada en los acuerdos que el producto tiene con editoriales digitales y productoras televisivas y cinematográficas para servir, a través de las tiendas Apple, productos en exclusiva. Es decir: para Appe, la vida en la red, el intercambio de información y productos culturales, se transformará, gracias a una pantalla táctil, en un mercado. Pasaremos de la web 2.0 al consumo compulsivo de aplicaciones.
No creemos que la siguiente revolución de la web pase por el número de compras que se realicen en la iBookstore, pero es indiscutible que la configuración básica de los netbooks los ha condenado a la extinción: el Ipad cuesta lo mismo que los modelos estándares de netbooks (500 dólares), si bien sus prestaciones son muy superiores.
Hay una característica del Ipad que desmiente sus pretendidas intenciones de ponerse al frente de la revolución digital: el dispositivo de conectividad se compra aparte.
Vaya, que con el Ipad hasta el derecho de pertenecer a la aldea digital cuesta.